Manos Viejas
Este cuento apareció en Poliedro 4
Manos
Viejas se levanta de la silla, pesadamente. Un omega de arrugas le adorna la frente, surcos creados a fuerza de ensayos frente al espejo. Sus ojos opacos. Sus labios parecen devorarse a sí mismos. Los puños están
apretados, ocultos tras la espalda. Todos sus movimientos han sido estudiados,
nutridos por artículos especializados y horas de observación de pacientes depresivos en
el psiquiátrico. Respira profundo y entorna los ojos para realzar la “apariencia cadavérica” de los últimos estadios de la depresión endógena. Con esa certeza, entra al set y
exhibe su postura en el círculo de luz, su personaje. Casi de inmediato es interrumpido por un grito desaforado y su aplomo desaparece. Titubea, trata de disculparse, y termina
retrocediendo hacia la oscuridad creada especialmente para él, a un costado del
set. Desde ahí observa al director, que frunce el ceño. Lo acompañan algunos asistentes y actores, quizás un productor, todos arrugando el rostro. Hay murmullos malhumorados. Luego de unos minutos de titubeo, desde las sombras emergen sus manos. Éstas
se alzan en el aire y cuelgan, como arañas. La luz las ilumina exquisitamente. Los murmullos de los actores y asistentes se apagan. Las lucecitas de cámaras situadas estratégicamente comienzan a parpadear. Solo cuando el silencio es absoluto las manos se mueven. Olfatean el aire y avanzan, atrayendo a las luces del set con ellas. Los dedos se mueven proyectando sombras sobre los rostros de los presentes; demonios de La
Tirana, volantines que se vuelven murciélagos, lobos devorando bosques... Las luces del set se mueven de tal forma que el resto del cuerpo de Manos Viejas siempre está en las sombras. Intenta luchar contra el
movimiento frenético de sus dedos, poseerlos, pero termina rindiéndose, como
todos los demás, ante su influjo. Se convierte en un cuerpo inerte arrastrado
por dos mariposas de carne que aletean en el aire. Éstas se acercan hasta un actor que, embobado por las manos, se ha olvidado de dar comienzo a la
escena. Se escucha una débil orden para comenzar a grabar y las manos acarician
el cabello del actor con tanta ternura y devoción que arranca suspiros de
los asistentes.
Manos
Viejas tuvo un nombre, una vez, y este era Daniel. Trató, desde que tuvo memoria,
de no depender del talento de sus manos. Desde niño fue terriblemente
consciente de que era el último de una larga línea de manos talentosas; su abuela
había sido una furiosa tejedora de oraciones, costurera de rosarios, que
vendía en una caseta junto a la iglesia del pueblo. Los domingos en que había
misa los feligreses se peleaban la mercancía a empujones, lo que llevó a las
autoridades eclesiásticas a jubilarla a una casita al interior del campo, lejos
de la liturgia. Su abuela murió en soledad en la casa comprada por los curas.
La encontraron con las manos aún enredadas en los hilos de los rosarios que
colgaban del techo, de rodillas, las cuentas de plástico derramadas sobre su
cabello, formando una aureola.
Daniel se
había debatido entre un amor profundo hacia su abuela y repulsión hacia sus
manos. Todas las noches su abuela invocaba al sueño con voz ronca pero las manos de la vieja lo despertaban en medio de la noche, revoloteando cerca de su rostro con uñas de carroñas. Su madre había sido la eterna mediadora entre su abuela, sus manos y él. Les entrelazaba
los dedos para que se acariciaran durante las tardes de verano, cuando el calor
no permitía ni correr en los campos ni enhebrar cuentas. Esas tardes de tregua
terminaron cuando su padre y su habilidad para hacer desaparecer objetos valiosos le ganaron 6 meses de cárcel y una multa gigante. Daniel tuvo que irse a
vivir a la ciudad con unos familiares desconocidos. Para entonces había
comenzado a anidarse en él la convicción de que sus manos eran bombas de
tiempo, pequeños agujeros negros que se desarrollarían explosivamente,
devorándolo. Comenzó a torturarlas, con la esperanza de menguar su desarrollo.
Se consiguió un prensador de madera para aplastarse los dedos pero su mano se
negaba a cooperar con la tortura. Se vendaba los dedos con tiras de lija,
pequeños vidrios y género pero ni siquiera sentía dolor, a pesar de que los
vendajes casi siempre se empapaban de rojo. Cuando Marianela apareció en su
vida había decidido que estudiaría filosofía, creyendo que tendría que usar sus
manos lo menos posible. Se pagó los estudios escribiendo pequeñas novelas pornográficas con una máquina que le leía los parpadeos. Cada vez que terminaba una historia sentía que había triunfado sobre sus cada vez más desafiantes manos.
Marianela nunca le hizo preguntas a Daniel. Ella parecía tener inclinación hacia las maravillas porque sabía que los fuegos fatuos nacían en los cables eléctricos y que los machos cabríos son los únicos que pueden encontrar la flor de la higuera. Al principio, parecía disfrutar aplastarle los pulgares y arrancarle pedacitos de uñas unidas al nervio. - Si tus manos están dormidas por los golpes yo siempre te voy a parecer una persona diferente- solía decirle en la oscuridad, cuando dormían juntos. Pronto, en vez de torturar las manos de Daniel ocupaban todo el tiempo libre que tenían en sexo. Con
Marianela, las palabras y los gemidos eran lenguajes intercambiables pero no
simultáneos. Por esta razón, tenían largas conversaciones antes y después del
sexo para que los sonidos no se confundieran.
A Marianela no le gustaba que Daniel se amarrara las manos mientras estaban juntos. Ni dormir con la puerta sin llave. Solía despertarse gritando, como si alguien tratara de
arrebatarla. - Dame tus manos- solía decirle a Daniel. Y se las mordía
hasta que veía sangre. Logró que él se sacara los vendajes para que la
acariciara con sus cicatrices. Daniel obedecía con tal de verla abrirse delante
de él. Deshacerse entre sus dedos mutilados.
Los estudios de filosofía duraron hasta que Marianela conoció a un productor de películas. Convenció a Daniel de asistir a un casting y quedó inmediatamente seleccionado. Por ese tiempo Daniel viajó al pueblito a visitar a su familia y a su padre, que había vuelto a casa. Les anunció que estaba trabajando y estudiando filosofía. Que parecía haber escapado a la maldición de la familia. Que estaba contento. Que se iba a convertir en alguien, sin ayuda de ningún talento ancestral y oscuro. Ninguna mano se levantó para abrazarlo o despedirlo, a pesar de que todos tenían los ojos llenos de lágrimas.
El papel que le dieron a Daniel en aquél casting no coincidía con su tipo físico; un hombre de 71 años, encorvado, deprimido, que hace apariciones fugaces a través de los recuerdos de los personajes. Daniel esperó al maquillista por horas pero éste nunca llegó. Lo lanzaron, con mínimas instrucciones, al set y lo hicieron desaparecer con trucos de luces. Casi de inmediato sus manos se levantaron por voluntad propia, excitadas por las miradas sobre ellas. Comprendió, con horror creciente, que sus manos habían sido seleccionadas para actuar. Con repugnancia observó las escamas de su piel brillar con una luz que parecía propia, las sintió respirar y moverse, tomando conciencia de su existencia, explorando el aire, olfateando. Los 25 años que había dedicado a torturar a sus manos las habían alimentado con experiencias que él nunca tendría. Habían moldeado su carácter en algo misterioso y profundamente doloroso, adelantándolo en años de vivencias. Las arrugas en su piel, las cicatrices, las manchas que marcaban su territorio las hacían irresistibles. Daniel nunca más fue Daniel. Desde ese momento fue Manos Viejas.
El papel que le dieron a Daniel en aquél casting no coincidía con su tipo físico; un hombre de 71 años, encorvado, deprimido, que hace apariciones fugaces a través de los recuerdos de los personajes. Daniel esperó al maquillista por horas pero éste nunca llegó. Lo lanzaron, con mínimas instrucciones, al set y lo hicieron desaparecer con trucos de luces. Casi de inmediato sus manos se levantaron por voluntad propia, excitadas por las miradas sobre ellas. Comprendió, con horror creciente, que sus manos habían sido seleccionadas para actuar. Con repugnancia observó las escamas de su piel brillar con una luz que parecía propia, las sintió respirar y moverse, tomando conciencia de su existencia, explorando el aire, olfateando. Los 25 años que había dedicado a torturar a sus manos las habían alimentado con experiencias que él nunca tendría. Habían moldeado su carácter en algo misterioso y profundamente doloroso, adelantándolo en años de vivencias. Las arrugas en su piel, las cicatrices, las manchas que marcaban su territorio las hacían irresistibles. Daniel nunca más fue Daniel. Desde ese momento fue Manos Viejas.
Manos
Viejas se desliza en la cama y se enrosca alrededor del cuerpo frío de
Marianela. Le frota las manos y los pies hasta que, como si hubiera vuelto a la vida, ella comienza a hablar:
-
Me acordé de algo esta mañana. Creo que es un
episodio de mi infancia. Está comenzando a atardecer y estoy sola. Acostada en
mi cama, trato desesperadamente de hundir mi cuerpo en el colchón. Hay algo en
el suelo que se acerca lentamente. Trato de que no me vea pero ese algo que
repta por el suelo sabe que estoy en la cama, y acelera el paso. El colchón
comienza a ceder ante mi cuerpo, como arenas movedizas. Dejo de respirar y eso
lo desorienta. Entonces, ante la luz amarilla, intensa, de la tarde, desaparezco. La cama me traga. No toco el suelo. Estoy en una dimensión confusa
hecha de tiras de lana y resortes. No estoy muy segura de dónde me encuentro
pero me alegra haber esquivado al bicho. Al cabo de un rato alguien enciende la
luz y mis padres me encuentran en la cama. Desde entonces les llama la atención
que duerma con los ojos abiertos. Nunca me han visto reconstituirme. No estoy segura de que me
reconstituya totalmente. Una vez tosí un montón infame de lana de oveja, justo
frente a mis compañeros de curso. La tía del jardín pensó que me había comido
un peluche.
Manos
Viejas le acaricia los muslos. Daniel pregunta:
-
¿Por qué me mandaste al casting? ¿Cómo supiste
que mis manos podían actuar?.
Marianela
se retuerce como si le hicieran cosquillas y busca los dedos que la recorren
hasta que los encuentra y los exhibe a la luz.
-
Lo supe cuando me tocaste sin los vendajes la
primera vez. Tus manos me hablaron. Después de eso fue imposible ignorarlas.
Cuando te vistes, cuando las torturas, cuando te afeitas. Tus manos están
siempre gritando. Pidiendo ayuda. Lo del casting fue solo una idea. Podría
haber sido cualquier otra cosa. Pero una vez me dijiste que querías hacer la
diferencia. Que todos te conocieran.
Desde
entonces Daniel estudia los personajes que le dan a Manos Viejas. Insiste hasta el
cansancio en tener maquillaje y vestuario. Practica frente al espejo, con las
manos atadas a su espalda. Estudia y observa. Memoriza los movimientos y gestos
que considera relevantes para su papel. Trata de traer todo su cuerpo al set
pero las sombras artificiales caen irremediablemente sobre él, como un telón.
Marianela lo recibe en la cama cada día. Recibe el dinero de su trabajo y se
rinde ante él. Se ríe cuando las cicatrices le hacen cosquillas y le acaricia
el pelo cuando se está quedando dormido. Le susurra palabras tranquilizadoras
que lo convencen de que, si bien sus manos tienen el trabajo, él la tiene a
ella.
-
Me están buscando- le dice una tarde. - Me
buscan desde antes que te conociera. Voy a tener que desaparecer por un tiempo.
Le toma las
manos y él nota un objeto frío en uno de los dedos de Marianela. Es un anillo
de fantasía pintado de azul. Debajo de la pintura puede verse el plástico del
que está hecho. Parece uno de esos anillos que se regalan en los cumpleaños de
niños junto con papas fritas y arroz inflado de colores.
-
¿Y esto? - le pregunta, divertido
-
Es un trato que hice con tus manos – le responde
ella y se le lanza encima, quitándole el aliento.
Esa noche Daniel sintió que sus manos apretaban a Marianela contra su pecho con intensidad desmesurada.
Esa noche Daniel sintió que sus manos apretaban a Marianela contra su pecho con intensidad desmesurada.
Daniel se queda inmóvil, aspirando el olor de Marianela. Su esencia no se disipa cuando no la ve a su lado. La escasa luz que se cuela por entre las cortinas
denuncia que aún no termina de amanecer. Suena la alarma y él se levanta con la vaga
esperanza de encontrarla en el baño.
Mientras se
afeita repasa con la mirada los frascos arrumbados en el lavatorio; las cremas
a medio abrir, los sets de maquillaje partidos, las botellas de perfume
re-usados. Nada falta. Si Marianela lo dejó, lo hizo desnuda y hedionda a sexo.
Se viste lentamente, sin dejar de mirarse en el espejo. No se venda las manos,
y observa cómo éstas revolotean nerviosas recorriendo su cuerpo, afinando
detalles, estirando pequeñas arrugas en su camisa.
Llega a la
prueba de cámara con 20 minutos de adelanto. El conserje le abre la puerta y
pasa varios minutos solo en la habitación gélida. Las manos se le esconden en
los bolsillos y escucha cómo la sala de espera se llena de murmullos nerviosos
y pasos rápidos. Lo llaman y lee la decepción y el cansancio en
los rostros de los asistentes.
-
No soy yo...- comienza a explicarles y les
muestra las manos.
Ellos asienten. Les cambia el rostro. Las conocen.
El personaje es un hombre de 70
años que ha abusado de su hija. Aparece a través de flashbacks y episodios
psicóticos de la mujer, en donde manosea violentamente a la protagonista. Manos
Viejas no puede dejar de pensar en Marianela mientras escucha las
instrucciones. De pronto, siente un nudo en la garganta. No puede contener la
náusea, abre la boca y un ruido gutural y profundo se le escapa desde el pecho,
un quejido ronco que se transforma en arcada. Cae de rodilas y vomita un objeto
que tintinea en el suelo de piedra. El director de casting lo recoge y se lo
acerca a Manos Viejas, que aún jadea. Es un anillo azulado.
No comments:
Post a Comment