Karakuri
Miguel siente el cuerpo agarrotado mientras espera en la sala de Emergencias. No hay asientos vacíos y los murmullos ocasionales forman una mullida alfombra de suspiros. Se pregunta por qué sigue en la sala de espera. Esa mañana, impulsado por la nostalgia, se había lanzado a caminar por Santiago como un fugitivo. Había regresado a Chile hace años y, sin embargo, Tokio estaba en su pupila todo el día. Podía saborear la sal impresa en sus labios por sus costas artificiales. El recuerdo lo atormentaba como una costra de la infancia, profunda y pequeña. De pronto, ve a una joven en la acera opuesta. Lo recorre una intensa inquietud que lo obliga a detenerse. Ella, al contrario, cruza la calle como intentando alcanzarle. No puede cerrar los ojos y se estremece con furia cuando el auto la impacta. Le había tomado la mano con desesperación, sin comprenderlo, mientras la trasladaban al hospital.
Lo saca de sus pensamientos un doctor de manos menudas y nerviosas que dice ser el que examinó a la joven. Miguel lo sigue obedientemente a un pasillo entre las salas de pacientes. Le trata de explicar que es la primera vez que ve a la joven.
Ella lo conoce - había respondido el médico antes de revelarle lo que decían los exámenes.
El interés del médico en la condición de la joven le había facilitado una habitación privada. Miguel entró solo a la habitación. Ella lo observa desde el blanco de la cama, sus brazos libres del mordisco de las agujas. Decide dejar de lado los rodeos.
- Mira…el médico me dijo que había sacado esto de tu corazón- y le muestra una aguja, plateada y brillante, que apenas se veía entre sus dedos.
La joven no responde y solo entonces se da cuenta de la similitud con la Natsuko de sus recuerdos. La revelación se introduce dulcemente en sus pensamientos y lo transporta a la tarde irreal y brillante, al sonido del mar golpeando la costa, a Tokio hundido en la niebla. La mirada de Natsuko y el primer abrazo que había tardado 15 años en deshacerse. Revive con dolor el primer caracol mecánico que diseñaron juntos. Ambos, ingenieros con inclinaciones oníricas, estuvieron de acuerdo en que cambiara de color dependiendo de sus risas. La última vez que lo vió se arrastraba, negro y palpitante, por el espacio entre sus manos. Esa vez había golpeado a Natsuko con palabras duras e injustas y había cruzado todo el Pacífico huyendo de su mirada.
Lo arranca de sus pensamientos un gesto de la joven, que comienza a abrir su camisa. El primer impulso es detenerla, pero le llama la atención el movimiento entrecortado de sus afilados dedos. Sus manos recorren los botones con precisión mecánica y tiritan en forma idéntica al terminar la tarea. Ante sus ojos la joven se despoja de la camisa revelando su pecho transparente, que brilla suavemente al ser atravesado por la luz del amanecer. Frágiles engranajes giran a través de su piel. Ahoga una exclamación y se tapa la boca como un niño.
- Ya entiendo -murmura. Recorre con frialdad científica la piel de la joven hasta que encuentra una pequeña imperfección. –Natsuko lo ha conseguido.
Duda ante la revelación. Mientras estuvo junto a Natsuko habían hablado de la posibilidad de crear a un karakuri que reemplazara su imposibilidad de tener hijos. Un ser creado por ambos.
- Lo ha construido sola – y se debate entre la admiración y la rabia. Se decide y clava la aguja en el pecho de la joven. Ella suspira como si respirara por primera vez. Le sonríe. Se incorpora con agilidad sobre la cama.
–“Como si estuviera viva”- piensa. Ella le ofrece un puñado de papeles coloridos que saca del aire.
Elige automáticamente el rojo. La joven hace un remolino, lo sujeta entre sus dedos y lo hace girar con su aliento.
- Natsuko-san sabía que ibas a descubrir el truco.. – Le dice ella. El remolino parece galopar sobre la blanca mano de la joven- aunque el accidente te lo facilitó.
- Te mandó para reirse de mí ¿cierto?. Para demostrarme que es mejor que yo, que no me necesita para crear…a un ser como tú.
Soy un karakuri. Somos muñecas, nos movemos sin ayuda - El remolino giró dos veces más y se detuvo. El no escuchaba. La perfección de Natsuko, su genialidad y talento, lo embargaron de vergüenza y esta vez, en vez de huir, toma a la joven por el cuello. Ella se entrega al grotesco abrazo y él termina arrancándole la aguja del corazón. Al momento sus ojos pierden brillo y su cuerpo se desploma sobre la cama. Con dedos febriles identifica el panel en su pecho que se levanta con un siseo. El corazón, al quedar a la vista, emite un brillo azulado. La perfección del trabajo desafía la simpleza del mecanismo y lo deja sin aliento.
-Natsuko-san me contó algo sobre ti. – El se inclina sobre la joven, maravillado ante el trabajo de artesano que enhebra fibras, pequeñas luces y cables en un órgano vibrante y frágil. – Me dijo que una vez te había preguntado en qué te gustaría reencarnar.
- Si…- responde él. Siente la caricia de la nostalgia. Recuerda esa vez. Sus manos comienzan a relajarse.– Yo le dije que nada en el mundo podía sorprenderme, así que no valía la pena volver a vivir.
-Y Natsuko-san respondió que… - adelantando la respuesta, comprendiéndolo todo con espantosa claridad él se lanza sobre el corazón, arrancándolo de su nicho con precisión matemática. La joven sigue moviendo los labios pero solo se escucha un murmullo sordo. Finalmente se inmoviliza y su piel se tiñe del naranjo del nuevo día. La vida que había albergado segundos antes se esfuma.
El hombre se sienta a su lado, temblando, con el pequeño trofeo entre sus manos. Este pierde rápidamente su calor y, con él, la presencia de una mujer al otro lado del océano también se desvanece. Cierra los ojos con fuerza pero sus recuerdos terminan las palabras de la joven:
Yo entonces, me reencarnaré en algo que pueda sorprenderte.
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