Tuesday, 6 May 2014

Japón


Los jardines de Japón estaban en mi cabeza antes de conocerlos en persona.

Uno podría dedicarse a construir jardines. Jardines que produzcan sueño. Jardines como pesadillas hechas de bambú afilado. Jardines de hojas rojas que dejan pasar una luz que no se ve. Jardines donde siempre es de noche. Jardines que mezclan un color y un aroma pero no puedes percibir ambas al mismo tiempo; para oler debes cerrar los ojos y para ver debes dejar de respirar.

Tenía, y creo que tengo pero por las dudas prefiero decir que tenía un amigo que vive en Tokio, Japón. Cuando nos despedimos en Londres me dijo que podía pasar a visitarlo cuando quisiera. Y yo me lo tomé en serio pero me demoró mucho tiempo tener dinero como para poder ir a verlo. Cuando llegué al departamento de mi amigo, 2 años después de la oferta, éste había echado raíces, como un árbol gingko. 

No tiene parientes vivos. Es el único de su especie y lo niega rodeándose de todo tipo de plantas exóticas. Se mueve con una destreza casi humana, aunque puedo distinguir tímidos capullos que se asoman de los orificios de su nariz. Sin embargo, a diferencia de los árboles gingko, no hay monjes podándolo con sus dedos, ni lo rodea un recinto sagrado. Trabaja en una compañía de seguros y cada mañana debe despegar sus raíces de la cama. Le comento que, en algunas partes del mundo, los gingko se han fusionado con bosques naturales y se han perdido, mezclando su genética única con los árboles comunes. Le pregunto si es eso lo que intenta hacer con sus plantas y su departamento. Desaparecer, eventualmente, entre ellas. Fundirse, eventualmente, al parqué. No me responde o, pero aún, no se digna a considerar mi comentario.


La ventana del departamento de mi amigo fue la primera pintura que vi de Tokio. Su borde enmarcaba la terrible quietud de las madrugadas ni siquiera interrumpida por el croar de los cuervos.

Una de las noches silenciosas de Tokio me despertaron luces amarillas. Flotaban sobre mí, formando un bosque que se mecía al viento. El bosque terminaba en un mar minúsculo con minúsculas olas. Cuando las toqué se reventaron, manchando mis dedos de amarillo. El bosque y el mar estaban hechos de un suave polvo que, como un hilillo, salía de debajo de la puerta de la habitación de mi amigo. Se acumulaba bajo la mesa, entre los cojines, sobre la pantalla del televisor. Entré en pánico y abrí la ventana del balcón. El polvillo desapareció casi de inmediato, como si hubiera estado esperando escapar. Dejé la ventana abierta y, durante toda la noche, una estela vaporosa se desplegó ante mis ojos, como una pequeña Vía Láctea. Distinguí todos los signos zodiacales excepto géminis. Tuve cuidado de cerrarla antes de que mi amigo se despertara, y comencé a hacer el desayuno. Salí antes de que mi amigo saliera de la pieza. Antes de salir, miré hacia atrás. Todo estaba limpio, inmaculado, perfecto.

A mi regreso lo primero que me preguntó mi amigo era si  había abierto la ventana en algún momento. No dije nada. Estaba inmovilizada por la angustia. Por alguna razón, la constante presión social que veía y sentía en las calles de Tokio se había personificado en él. Dejó el tema, quizás porque me vio congelada. La noche siguiente no me visitaron las galaxias amarillas. Me quedé dormida, sin notar que los edificios vecinos se llenaban lentamente de verde. Sin querer , había ayudado a mi amigo a polinizar Tokio.


Muchos días después, cuando el avión que me llevaba de regreso a Londres se encumbraba por el cielo, me asomé a mirar por la ventada. Grandes manchones de verde se extendían por la ciudad. El palacio real había sido invadido por extrañas plantas, una palmera férreamente instalada en un costado de la torre de Tokio.

En Hiroshima conocí a una japonesa que me dejó su corazón en forma de mandarina. Me aterré ante tanta responsabilidad y le dije que no le convenía dejarlo conmigo. Ella susurró que yo era la única persona en el universo que podía guardar su corazón, porque nunca tenía hambre.

Los jardines japoneses son trampas visuales. Los colores dominan la forma y la transforman. Los colores en estos jardines son orgánicos, seres vivos que copulan directamente con la retina.

Los guardias al interior de las galerías en los museos son como esculturas también.
En el parque Ueno de Tokio conocí a Hideo. Tomó una frase que se me escapó, para su novela; -  en el desierto no hay nada más que estrellas. Hideo estaba buscando a una novia joven y artista porque ellas no se preocupan por el dinero. Durmió por dos meses en el aeropuerto de Singapur, al que califica como el aeropuerto más cómodo del mundo. Lo comparó con dormir en Hyde Park, en Londres. Odia Europa, Odia Estados Unidos.
En Osaka hay una calle que se dice es la calle de tiendas mas larga del mundo. Esa calle son, en realidad, dos calles que corren paralelas, un canal las divide. Esto te obliga a caminar a ambos lados del canal. Creo que recuerdo las luces, si es que no se me han mezclado con luces de otros lados, pero estoy casi segura que las luces de ese lugar eran distintos. No iluminaban, ni indicaban lugares específicos. Estaban hechas para atraer gente. Casi por efecto contrario la ciudad era oscura. Ese centro luminoso y lleno de gente, dividido por un canal...para que existe? Osaka se hunde en la oscuridad y ese lugar sigue atrayendo gente, depletando la periferia y los hogares.


Como los astronautas en viajes simulados, me sentía físicamente en la tierra pero,  simbólicamente, alejada de todo. 


Quiero vivir en un shinkansen. Es rápido y tibio. Sin embargo la vida en un tren es fragmentada y engañosa. Los castillos son árboles, los bosques han sido manchados. Está lloviendo en Taki. Está lloviendo en Ise.

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