Wednesday, 27 August 2008

Los Laberintos


Cuando llegué a este país pensé que el secreto para sobrevivir a la tristeza era jugar a las diferencias y semejanzas. A que esto es entretenido y uno debe descubrir la mayor cantidad de errores o diferencias entre una imagen y otra. Por un lado UK y por el otro Chile. Si los miras como espejos hay cosas similares pero muchas no tienen ni la menor semejanza, por eso era entretenido y algo autocomplaciente. Llenaba mi tiempo con juegos inútiles preguntándome las diferencias y semejanzas entre la yo de chile y la de uk. Torné todo mi pensamiento en reflectante. Todo tenía dos caras, exactamente las mismas cosas se hacían de dos formas diferentes. Me hice fan de la teoría del caos, la abracé como a una religión. Era la única lógica de pensamiento que me ofrecía algún consuelo. Si soñaba con algo existía la posibilidad, sólo eso me bastaba, de que fuera causado por el bostezo de alguien a quién conocía, o por el pensamiento descuidado de alguien a quien amo. Un grito en Chile podía ser el culpable del silencio desencadenado al otro lado del Atlántico. Levantarse y abrir las cortinas podía hacer estallar un volcán. Una vez me asusté de verdad; un hombre me regaló una flor en la calle. Pensé que alguien había muerto. A los pocos días mi mejor amiga me cuenta que tuvo un sueño mío. No un sueño en donde yo estaba sino un sueño que no podía ser otro que mío. La sola idea de la inmensidad de esa cadena de consecuencias que prometía la teoría del caos, la extensión de ese dios idiota me aterrorizó. Nunca me había sentido orgullosa de esos pensamientos, pero me ofrecían un consuelo tan patético, tan profundamente real que me aferré a ellos sin querer aprender a vivir de otra manera. La debilidad no solo se manifiesta en forma evidente, como tomar un trabajo que no parece seguro, comprar algo sin tener todo el dinero o bajar la mirada cuando te dicen algo lindo. La debilidad se encuentra tan asociada a la tristeza que no es raro que defendamos aquello que la mantiene a raya. Aunque, hasta entonces, sabía que había entrado en una dimensión de emocionalidad patética y adolescente, explorar esa dimensión era lo único que me mantenía alejada de la tristeza.

De pronto, y esto no vino en forma de epifanía sino simple y lento, como un orgasmo doméstico, de pronto, me di cuenta de que caminaba entre una muchedumbre de gente que sabe exactamente lo que le sucede. Que sabe, y atención con esto que es muy importante, que SABE lo que la hace infeliz. El auto-diagnóstico se encuentra sobrevalorado. Uno siempre puede hacerlo, o pedir que se lo hagan, pero es como el sexo, lo haces de todas maneras. Es algo cotidiano. Saber lo que te sucede es la boca del Leviatán, es abrir el laberinto, A pesar de los sueños del minotauro, a pesar de los casos clínicos de gente que, efectivamente ha desafiado ese laberinto y se ha adentrado para nunca jamás salir, a pesar de todo eso, paso la mayor parte de mi tiempo libre en la entrada. Adentro, lo se, hay gente. Los escucho conversar, reírse, a veces hablar en susurros, como si algo malo hubiera pasado. Es irónico que adentrarte implique un salto al vacío. El mismo salto al vacío que implica salir, y que todos olvidamos tarde o temprano. El mismo salto al vacío que implica hacer cosas, en vez de diagnosticarlas. Solía tener a alguien con quién hablaba por las noches sobre todas esas cosas que duermen dentro de ti. Hablábamos por las noches así que, también, lo hacíamos desde la semiconsciencia. Hablábamos sobre lo que sería estar dormidos. Tú y todas las cosas que habitan contigo. Tú y todas las cosas que te llevarás de mi. Eran esas noches donde te dabas cuenta de que los otros no son laberintos para ti. Algunos son caminos sellados y otros cálidos y abiertos, pero puedes sobrevivir en ellos. Son el único espacio en ese universo de conciencias donde puedes descansar. Nuestro ego termina en esa invalidez que es no poder jamás conocerte a ti mismo. Recuerdo que en esas noches nos tendíamos cuerdas. No sabíamos si solucionábamos algo pero sabíamos que éramos extranjeros, estúpidos, arrogantes y que estábamos perdidos cuando se trataba de nuestros propios territorios. Quizás por eso me llenaba de tranquilidad cuando encontraba esa mano en medio del sueño, cuando me hablaban desde el otro lado para decirme; todo está en calma dentro de ti.


1 comment:

Unknown said...

Creo entender lo que es estar dentro de un laberinto... especialmente el de uno mismo.

No hay muchas personas que logren adentrarse y salir... y son menos los que salen ilesos... si es que los hay.
Para adentrarse en el laberinto se necesitan dos cosas:
Ser valientes y... ser un completo idiota.
Entrar en ese lugar no solo implica el peligro de perderse, sino que también esta el peligro de encontrar cosas que no quieren verse, que no sabías que estaban ahí, especialmente si lo que se encuentra es una horrible criatura que al fin de cuentas es el reflejo de uno mismo, pero que se niega a aceptarlo.
Creo que es por eso que se recurren a especialistas. Es tal el nivel de negación ante tan abyecta imagen, que se necesita a alguién con un diploma para que les diga "Sip, ese es usted."

Lo peor de todo es cuando al estar adentro, todas esas voces que se escuchan no se callan y te desorientan, impulsandote a adentrarte aún más en el laberinto. Hablan y hablan sin parar, de mil y una cosas, hasta el punto de olvidarse de uno mismo... hasta el punto de no saber diferenciar si esos pensamientos vienen de tí o del laberinto mismo.
La única forma de salir, es teniendo un(a) buen(a) amigo(a) que sostenga una cuerda desde fuera del laberinto, un hilo de cordura para tirar cuando sea necesario.

A lo menos recuerda, que pase lo que pase, sin importar cuanto te adentres en el laberinto, siempre habrá una mano sosteniendo esa cuerda... solo necesitas darte cuenta que estan tirando de ella para sacarte.

No creo que sea una respuesta digna de tal escrito. Faltan palabras para expresar todo esto.

Cuidate harto Sole, que quiero ver que cosas habrás conquistado y derrotado en ese enorme laberinto.
Creo que hasta el mismo Teseo se sentiría envidioso de lo que haz logrado.