Sunday, 11 May 2014

La materia y la luz

La profesora Lene Vestergaard Hau de la Universidad de Harvard ha logrado detener la luz. Como en todo proceso de conquista, primero logró hacerla disminuir su velocidad y, después, la detuvo completamente... por una milésima de segundo. Pero detener  una de las constantes de nuestro universo viene después de un proceso no directamente relacionado, que es enfriar átomos. Hau, física teórica de Dinamarca, y su equipo lograron a mitad de los años 90, llevar a un grupo de átomos al cero absoluto (-459,7 grados Fahrenheit  o -237,6 grados Celsius), aunque tengo amigos que me dicen que todo es casi casi, y no absoluto en este tema. A esta temperatura los átomos tienen nada de energía, y ni se mueven. Esto casi, casi, es un estado de la materia, predicho por Bosé y Einstein; el condensado Bosé-Einstein que se da casi al llegar al cero absoluto.

Hau comenzó a hablar con un investigador en Stanford y a ambos se le ocurrió la idea, ¿cómo se formarán esas ideas, desde la ciencia pura o producto de la poesía?, de usar un grupo de átomos fríos para atrapar la luz. Crearon una especie de trampa de luz con lásers, colocaron la nube de átomos en estado casi inmóvil, casi muertos, al centro de esta trampa y dejaron que un haz de luz intentara cruzar al otro lado de la nube. La luz que entra a esta trampa transfiere su energía los átomos. Esto aumenta los niveles de energía de los átomos dependiendo de la frecuencia e intensidad de la luz. Un segundo laser (en los ángulos precisos) actúa como freno de modo que los investigadores lograron detener la luz por una milésima de segundo. Cuando este otro láser es activado, los átomos transfieren su energía de vuelta a la luz y ésta escapa de la nube de átomos a toda velocidad.

Quizás lo que más me llamó la atención de esta historia es la idea de que la luz deja una especie de huella en la materia que toca (los átomos). Esto permite la conversión luz-materia-luz. En cierto modo, significa que uno podría mover la luz, guardarla, literalmente, y luego volver a liberarla en otro lugar. Puedes mover la luz en el espacio-tiempo. Puedes hacerle una muy mala broma a alguien y matarlo del susto cuando libere, sin querer, la luz oculta en un regalo, o puedes hacer metáforas realidad como "su presencia ilumina la habitación" (otras aplicaciones más útiles de guardar luz las pueden encontrar más abajo, en las referencias). 

Quizás tanta referencia a la luz me hace pensar en esas tarde oscuras de invierno, cuando ocurre el milagro de que la gente que quieres tenga frío, tiempo, y ganas de ocultarse bajo una frazada contigo. Esas tardes en que te encuentras mirando el techo y conversando, u hojeando un libro, o jugando un juego silencioso en el celular. Quizás cierta gente, aquella con la que tienes la suerte de compartir esos momentos, quizás gente que ahora detestas o extrañas, deje una huella en ti que es como la impronta que la luz deja en esos átomos helados, una marca que transportas a todos lados, sin darte cuenta. Y, aquí la tercera derivada de la ensoñación, es que sea posible volver a la vida esa marca, de forma inversa, que en vez de una luz sea una sombra, que, si se proyecta desde tu cuerpo, reconstruya a esa persona. Solo necesitamos los lasers. Solo necesitamos la física emocional, que nos permita comprender cómo volver a proyectar ese cuerpo o esos cuerpos enquistados en uno, con qué haz debemos bañarnos para reconstituir esas sombras, ojalá, queridas y añoradas.

Y si esta lógica les parece un salto cuántico, no creo que sea distinto al de una luz que se detiene, y luego escapa.



Fuentes:

El programa de Radiolab: http://www.radiolab.org/story/267124-speed/
http://www.radiolab.org/story/267369-behind-the-scenes-master-universe/
http://www.news.harvard.edu/gazette/2001/01.24/01-stoplight.html 

Saturday, 10 May 2014

Camboya


Cerca de Siem Reap naufragué con un motociclista piadoso por 3 horas, en búsqueda de los templos perdidos. Las olas de polvo nos remolcaron a la orilla donde se materializaron unas casas hechas de género y cartones. Nunca llegamos a los templos. Éstos se habían perdido en la marea de turistas ansiosos y no había forma de traerlos de vuelta.

Tuesday, 6 May 2014

Japón


Los jardines de Japón estaban en mi cabeza antes de conocerlos en persona.

Uno podría dedicarse a construir jardines. Jardines que produzcan sueño. Jardines como pesadillas hechas de bambú afilado. Jardines de hojas rojas que dejan pasar una luz que no se ve. Jardines donde siempre es de noche. Jardines que mezclan un color y un aroma pero no puedes percibir ambas al mismo tiempo; para oler debes cerrar los ojos y para ver debes dejar de respirar.

Tenía, y creo que tengo pero por las dudas prefiero decir que tenía un amigo que vive en Tokio, Japón. Cuando nos despedimos en Londres me dijo que podía pasar a visitarlo cuando quisiera. Y yo me lo tomé en serio pero me demoró mucho tiempo tener dinero como para poder ir a verlo. Cuando llegué al departamento de mi amigo, 2 años después de la oferta, éste había echado raíces, como un árbol gingko. 

No tiene parientes vivos. Es el único de su especie y lo niega rodeándose de todo tipo de plantas exóticas. Se mueve con una destreza casi humana, aunque puedo distinguir tímidos capullos que se asoman de los orificios de su nariz. Sin embargo, a diferencia de los árboles gingko, no hay monjes podándolo con sus dedos, ni lo rodea un recinto sagrado. Trabaja en una compañía de seguros y cada mañana debe despegar sus raíces de la cama. Le comento que, en algunas partes del mundo, los gingko se han fusionado con bosques naturales y se han perdido, mezclando su genética única con los árboles comunes. Le pregunto si es eso lo que intenta hacer con sus plantas y su departamento. Desaparecer, eventualmente, entre ellas. Fundirse, eventualmente, al parqué. No me responde o, pero aún, no se digna a considerar mi comentario.


La ventana del departamento de mi amigo fue la primera pintura que vi de Tokio. Su borde enmarcaba la terrible quietud de las madrugadas ni siquiera interrumpida por el croar de los cuervos.

Una de las noches silenciosas de Tokio me despertaron luces amarillas. Flotaban sobre mí, formando un bosque que se mecía al viento. El bosque terminaba en un mar minúsculo con minúsculas olas. Cuando las toqué se reventaron, manchando mis dedos de amarillo. El bosque y el mar estaban hechos de un suave polvo que, como un hilillo, salía de debajo de la puerta de la habitación de mi amigo. Se acumulaba bajo la mesa, entre los cojines, sobre la pantalla del televisor. Entré en pánico y abrí la ventana del balcón. El polvillo desapareció casi de inmediato, como si hubiera estado esperando escapar. Dejé la ventana abierta y, durante toda la noche, una estela vaporosa se desplegó ante mis ojos, como una pequeña Vía Láctea. Distinguí todos los signos zodiacales excepto géminis. Tuve cuidado de cerrarla antes de que mi amigo se despertara, y comencé a hacer el desayuno. Salí antes de que mi amigo saliera de la pieza. Antes de salir, miré hacia atrás. Todo estaba limpio, inmaculado, perfecto.

A mi regreso lo primero que me preguntó mi amigo era si  había abierto la ventana en algún momento. No dije nada. Estaba inmovilizada por la angustia. Por alguna razón, la constante presión social que veía y sentía en las calles de Tokio se había personificado en él. Dejó el tema, quizás porque me vio congelada. La noche siguiente no me visitaron las galaxias amarillas. Me quedé dormida, sin notar que los edificios vecinos se llenaban lentamente de verde. Sin querer , había ayudado a mi amigo a polinizar Tokio.


Muchos días después, cuando el avión que me llevaba de regreso a Londres se encumbraba por el cielo, me asomé a mirar por la ventada. Grandes manchones de verde se extendían por la ciudad. El palacio real había sido invadido por extrañas plantas, una palmera férreamente instalada en un costado de la torre de Tokio.

En Hiroshima conocí a una japonesa que me dejó su corazón en forma de mandarina. Me aterré ante tanta responsabilidad y le dije que no le convenía dejarlo conmigo. Ella susurró que yo era la única persona en el universo que podía guardar su corazón, porque nunca tenía hambre.

Los jardines japoneses son trampas visuales. Los colores dominan la forma y la transforman. Los colores en estos jardines son orgánicos, seres vivos que copulan directamente con la retina.

Los guardias al interior de las galerías en los museos son como esculturas también.
En el parque Ueno de Tokio conocí a Hideo. Tomó una frase que se me escapó, para su novela; -  en el desierto no hay nada más que estrellas. Hideo estaba buscando a una novia joven y artista porque ellas no se preocupan por el dinero. Durmió por dos meses en el aeropuerto de Singapur, al que califica como el aeropuerto más cómodo del mundo. Lo comparó con dormir en Hyde Park, en Londres. Odia Europa, Odia Estados Unidos.
En Osaka hay una calle que se dice es la calle de tiendas mas larga del mundo. Esa calle son, en realidad, dos calles que corren paralelas, un canal las divide. Esto te obliga a caminar a ambos lados del canal. Creo que recuerdo las luces, si es que no se me han mezclado con luces de otros lados, pero estoy casi segura que las luces de ese lugar eran distintos. No iluminaban, ni indicaban lugares específicos. Estaban hechas para atraer gente. Casi por efecto contrario la ciudad era oscura. Ese centro luminoso y lleno de gente, dividido por un canal...para que existe? Osaka se hunde en la oscuridad y ese lugar sigue atrayendo gente, depletando la periferia y los hogares.


Como los astronautas en viajes simulados, me sentía físicamente en la tierra pero,  simbólicamente, alejada de todo. 


Quiero vivir en un shinkansen. Es rápido y tibio. Sin embargo la vida en un tren es fragmentada y engañosa. Los castillos son árboles, los bosques han sido manchados. Está lloviendo en Taki. Está lloviendo en Ise.

La gente fantasma de Cambridge



La gente fantasma es la que se te atraviesa de noche, materializándose ante la luz de un auto en movimiento. La gente fantasma es aquella que escuchas venir hacia ti en un camino solitario y cuando esperas que llegue a tu encuentro no sientes más que una brisa. Existe gente fantasma en muchas ciudades, y en muchos países. La gente fantasma representa un salvavidas en un espacio desconocido y anónimo. La gente fantasma desaparece sin previo aviso, nunca volverás a verla en la vida.

Para vivir en Cambridge tienes que saber nadar. En determinadas épocas del año la humedad en la atmósfera es tan alta que respirar era imposible, y la única forma de salir a las calles era conteniendo la respiración. Como los tanques de oxígeno son escasos y muy pesados, gran parte de la población de Cambridge ha aprendido a deslizarse nadando, aprovechando las corrientes de aire que azotan la ciudad. Al haber pocos edificios y amplios parques esta forma de transporte es particularmente eficiente y rápida, lo que permite trasladarse sin temor a morir de asfixia. Esto resultaría imposible en lugares mas densamente poblados como Londres. La gran mayoría de las noches, observaba a los deslizadores de vientos regresar a sus casas desde la estación de trenes y el centro. Extensas manadas de gente que esquivaba copas de árboles, cableado eléctrico y torreones de los colleges.


Cambridge solo envejece cuando llega la primavera. Todos sus relojes solares vuelven a la vida, falseando su verdadera edad. Las primaveras son cortas y llenas de amenazas invernales, por lo que estallan con euforia. Los parques se pueblan con las largas piernas de las británicas, creando bosques de piel que se mecen ante la brisa. Internarse en esos bosques es no poder mirar hacia arriba. Las copas de los árboles son encajes de colores que, en vez de dejar pasar el sol, lo absorven.


Cambridge tiene la cualidad de los lugares inhóspitos e inhabitados, siendo una ciudad. Los edificios y la gente que la habitan existen en una dimensión distinta a la de sus cielos y su viento. Estos son de una cualidad marciana, como si uno estuviera viviendo en la luna, en medio de la nada, en un paisaje inhumano pero, aún así, tuvieras que conservar todos los elementos de los que está hecha una sociedad. Miras al cielo en Cambridge, caminas a través del inclemente Parker´s Piece y sientes que los campos alrededor vienen a reclamarte. Sientes que el viento va a partirte en dos, y que el frío es una cualidad habitable, que no hay forma de evadirlo. Y justo cuando piensas que sería mejor entregarse, alguien te pasa a llevar, se disculpa y recuerdas, que estás rodeado de gente que, como tu, luchan contra el frío. Cambridge es una ciudad, después de todo. Una ciudad que se mueve en un desierto de hielo y que, de vez en cuando, traspasa los límites habitables. Es como un barco moviéndose entre glaciares.