Monday, 17 November 2008

Acertijo

Tengo una niña, una botella y una voz.
Tengo un bosque antiguo, hecho de susurros y luces. El bosque se desliza sobre la tierra como una serpiente de viento, rodea las ciudades, juega a estrangularlas, se pierde en la oscuridad y deja tras de sí risas de niño; contagiosas y frágiles.
Tengo al mismo bosque muriendo. Agonizante. Suspiros se desprenden de su cuerpo como escombros. Las luces que lo conforman palpitan aceleradamente, encegueciendo a los que se acercan demasiado. Al no poder moverse, otros seres lo alcanzan, y lo habitan. Lo condenan a alimentar existencias que lo consumen.
Tengo una botella sucia y verdosa, donde un pequeño bosque serpenteante crece. La botella se encuentra en las manos de la niña, que se aferra a ella, mientras se aleja de la isla que la vio nacer. Lágrimas caen de su rostro en una asincronía que, si se musicalizara, revelarían un grito prolongado y doloroso.
La niña tiene una voz prodigiosa. El mundo que habita fuera de la isla la reclama para sí. Al igual que el bosque en la botella. Este crece rabiosamente cuando la escucha cantar. Expande sus raíces y ramas y luces sobrenaturales toman posesión de habitaciones de hotel, camerines de vestuario, escenarios europeos y aviones. La niña suele despertar rodeada por junglas de ramas doradas que la sostienen dulcemente. Solo en sus brazos puede alcanzar al sueño, respirando el aliento de los espíritus que lo habitan. Pronto le prohiben cantar a menos que sea estrictamente necesario. El bosque dejado atrás se hincha y ataca violentamente el concreto que le impide llegar a la tierra, en un intento desesperado por alimentarse. Hordas de turistas viajan a visitar los nidos del bosque hasta que expiran. Graban en sus celulares las ramas retorciéndose espasmódicamente, las pequeñas luces estrellándose contra las ventanas y las murallas, su desaparición progresiva y dolorosa.
Tengo a una niña en un cuerpo adulto. Sus ojos son enormes, y no parecen recibir la luz. Ha olvidado cosas importantes y las palabras para nombrarlas. Solo tiene a la música que recorre su cuerpo, que no ha disminuido ni un instante su fuerza eléctrica, que la posee por las noches y la obliga a correr hacia estacionamientos abandonados o fábricas en desuso y cantar hasta que las cuerdas vocales duelan, hasta que el bosque en la botella alcance las proporciones de un catedral. Solo entonces la música le da descanso y las ramas la recogen en su regazo y ella duerme dentro del monstruo verde que se mece y susurra con sus propias voces. Y la niña sueña con la isla que la vio nacer, de la cual, lo único que sobrevive son ella y el bosque que ahora la abraza. Cuando llega el día, la niña vuelve a su habitación elegante y vacía.
Tengo tiempo, que se mueve circularmente. Y tengo a la niña, que lo sabe. Su popularidad como cantante toma nueva fuerza y se prepara para una mayor presentación en un gran escenario. Le compran joyas y hermosos vestidos. Le arreglan el pelo, ya casi blanco. Ella pide usar una corona que ha hecho ella misma, de ramas doradas y retoños que se mueven como si tuvieran vida propia. Pequeñas semillas flotan en el agua que bebe justo antes de salir al escenario.
Tengo un anfiteatro en Europa. Está lleno de murmullos y pies nerviosos. Cuando las luces en el escenario se encienden hay una sola figura ahi que acalla todo otro ruido, una figura que absorbe todas las miradas. La figura es una mujer, que limpia las palmas de sus manos en su vestido. Alza sus delgados brazos y dispara una sola nota, perfecta, que tiembla en el aire solo unos instantes hasta que se sincroniza con las partículas que lo atraviesan, con las descargas sinápticas de todos los cerebros en el anfiteatro, y es esa nota la que se graba en todos los rostros, la que se esculpe brutalmente en el cerebro más primitivo de todos los asistentes.
Cuando la nota se desvanece en el aire la figura en el centro del escenario ha desaparecido. En su lugar, respira una selva de pesadilla con ramas que se mueven como tentáculos y atravesada por luces fantasmas. La gente deja el anfiteatro en silencio, poseídos por una revelación. Al exponerse al frío exterior, muchos sonríen, o continúan sus caminos, pensativos. Unos pocos, silban camino a casa una sola y único nota, que levanta levemente el pavimento bajo sus pies, que conjura luces que vigilan sus pasos.